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MEMORIA DE MI ESTANCIA EN JYNCE

África Jiménez estuvo durante un mes conociendo y colaborando en el proyecto JYNCE (Jóvenes y Niños con Esperanza), apoyado por Amycos en el barrio de San Judas, en Managua, Nicaragua. La dura realidad que viven los menores que participan en este proyecto suscita innumerables reflexiones y hace que se cambie las perspectiva de muchas cosas… Read more...

MEMORIA DE MI ESTANCIA EN JYNCE

África Jiménez estuvo durante un mes conociendo y colaborando en el proyecto JYNCE (Jóvenes y Niños con Esperanza), apoyado por Amycos en el barrio de San Judas, en Managua, Nicaragua.

La dura realidad que viven los menores que participan en este proyecto suscita innumerables reflexiones y hace que se cambie las perspectiva de muchas cosas… África nos cuenta algunas de sus impresiones.

“La verdadera realidad no es la que es, sino la que está pujando por ser” (Paulo Freire).

He pasado un mes compartiendo la experiencia de participar en el proyecto y creo que esta frase de Freire refleja la esencia de lo que para mí es Jynce, ya que como su nombre indica, atiende a jóvenes, niños y familias que, pese a las condiciones adversas en las que les ha tocado nacer y vivir, o mejor dicho sobrevivir, lejos de caer en la resignación de asumir esa injusta realidad, tienen la esperanza de que a través de su esfuerzo, y con los apoyos necesarios, puedan salir de la pobreza en la que se encuentran.

Esa realidad de esperanza en la transformación social, acompañamiento en el proceso de autosuperación y el trabajo de concientización y formación es el que realizan los voluntarios y colaboradores de Jynce, ofreciendo los recursos necesarios para empoderar a estas familias, que son la verdaderas protagonistas, ya que Jynce es ante todo un proyecto comunitario del barrio, abierto a todas aquellas personas que estén dispuestas a afrontar el reto de cambiar su destino.

Quiero tratar de contar brevemente las memorias de mi actividad durante este mes a través de la transformación interior que yo he vivido, ya que para mí éste no ha sido un mes tanto de dar como de recibir, porque internamente me marcho con la sensación de haber crecido y reflexionado sobre la vida, en definitiva.

Cuando una vive en su vida de país del norte (aunque allí también hay de esa pobreza que llamamos 4º mundo y uno-a tiene que ganarse con esfuerzo lo que consigue), y piensa en todos los recursos educativos, sanitarios, oportunidades laborales,…, y cierta vida de confort en la que le ha tocado disfrutar por el azar de nacer en un lugar y época histórica concreta, y se pregunta, como a mí me ocurrió, por qué a pesar de vivir en un mundo donde la mayoría de los países son democráticos y los gobiernos luchan supuestamente por equilibrar las desigualdades sociales, ocurre que todavía hay personas que pasan hambre, que se mueren por enfermedades que podrían ser curables si tuvieran acceso a médicos y medicinas o que tienen que trabajar desde muy niños para poder subsistir,…. Podemos desde luego culpar al liberalismo económico, a los intereses particulares de poder y riqueza o a la inmoralidad de los gobiernos, pero si a una, como es mi caso, le toca la ¨fibra de la indignación¨, puede tratar de movilizarse y reaccionar, desde el pequeño radio de acción que pueda ofrecer. Me conmociona que se permita que haya gente de viva en condiciones infrahumanas, y eso es lo que me movilizó a conocer Nicaragua desde un proyecto local como Jynce.

En el asentamiento de San Judas, donde está ubicado el proyecto se puede observar delincuencia, consumo de drogas (principalmente alcoholismo), familias con escasos recursos que no tienen para cubrir las necesidades de alimentación, vestido, higiene o de salud cuando se enferman, también se observan niños y niñas que tienen que trabajar para sobrevivir, violencia intrafamiliar (tanto violencia de género como maltrato infantil), abandonos de menores (principalmente de los padres, pero también de algunas madres), absentismo escolar de algunos niños y niñas, infraviviendas, etc. Pero también se puede observar esa realidad que está pujando por ser, a la que me refería en el inicio: niños, niñas y madres (ya que hay una escasa representación de padres) que vienen cada día (incluso antes de la hora del comienzo de las actividades) deseosos de disfrutar de las instalaciones de Jynce, que representan un espacio de juego y risa, protección, refugio donde ser escuchados y valorados, donde poder recibir un apoyo educativo, supone un refuerzo de la autoestima tanto para los menores como para las madres, que a través de la escuela de familia, de los talleres para adolescentes, de los talleres de educación en valores o el refuerzo educativo en las principales materias de la escuela, hacen que sientan que son capaces de aprender, mejorar, superar retos,… También hay otras actividades del proyecto que favorecen el desarrollo global de los niños, como las actividades lúdicas y recreativas que celebran en el período vacacional que les permite evadirse de su dura vida (en el que tuvimos la oportunidad de llevarles a la piscina, y que para muchos es la única oportunidad que tienen en el año para salir del barrio), también se favorece el cuidado de las instalaciones y el valor de ganarse lo que reciben (ya que de lo contrario podría entenderse como un trabajo asistencialista), de modo que tanto los menores como las madres se comprometen a la asistencia a las actividades, al mantenimiento y limpieza del espacio, y a cambio reciben la donación del equipamiento escolar, las fiestas puntuales, y todas las oferta de actividades del proyecto.

Jynce es un proyecto que a través de su eje principal, que es la educación para prevenir el fracaso escolar y favorecer la capacitación, trabaja otras áreas que lo hacen integral como la convivencia familiar y comunitaria, la educación para la salud y el autocuidado,… En definitiva el empoderamiento para la transformación de esa realidad.

Jynce es una gran familia en la que todos: los menores, las familias, los voluntarios y colaboradores protagonizan las actividades de forma democrática, donde me he sentido muy acogida y valorada participando de todas las actividades, donde he intercambiado saberes por experiencia y viceversa, permitiéndome sentirme una más. Me siento muy afortunada por haber conocido tanto a la coordinadora (para la que este es su proyecto de vida y ella es un ejemplo de compromiso y entrega hacia los pobres) como cada niño y niña que me han dado una lección de autosuperación, entusiasmo y esfuerzo, como conocer a esas madres, que con gran responsabilidad y lucha asumen la carga de sobrevivir y tratar de ofrecer un futuro mejor a sus hijos.

Me llevo a Jynce y cada una de las personas que he conocido a mi experiencia vital y en el recuerdo, y me llevo el compromiso de dar legitimidad a esta realidad, contando, a través de lo que mis sentidos percibieron, el mensaje de que otro mundo es posible, aunque para ello haga falta el compromiso y apoyo de la humanidad.

A todos y todas os animo a reaccionar y transformar esta injusta realidad.

Hasta siempre Jynce, gracias por todo lo que he recibido.